Emilio Ruiz
Director de La Cimbra

La intromisión del aparato de radio en nuestros hogares, allá por los años cincuenta, creó en muchos de nosotros unas vivencias difícilmente olvidables. Es cierto que la radio ya existía unos años antes, pero en Los Gallardos, como en la mayoría de los pueblos, su popularidad no se alcanzó hasta bien avanzada la década, cuando ya al menos una docena de familias podían disfrutar de este nuevo medio de comunicación. Si hubiera que elegir una persona que pudiera ser calificada como artífice de la popularidad del aparato en nuestro pueblo, esa persona sería sin duda César Alarcón Molina, que en su domicilio de la calle Mayor se encargaba de montar aparatos, que después vendía a los gallarderos casi a mitad de precio que los de marca. Nada tenían que envidiar los aparatos de César a los Phillips y Telefunken que por aquellos años se ofrecían en las tiendas de Cuevas y Vera, o en la de Sánchez de la Higuera, en Almería, que era todo un establecimiento de prestigio.

Durante varios años, la audición de la radio ha creado en mí cierto grado de confusión, que se despejó unos años después, cuando la adolescencia empezaba a cuestionar mi inocencia. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta, por lo que entonces tendría siete u ocho años. En mi casa de la calle San Diego la radio Phillips que teníamos –y que aún conservo en perfecto estado de uso- era la reina del hogar. Mi hermana, una mocica entonces, irradiaba alegría por todos los poros de su piel mientras hacía las faenas del hogar al son de los discos dedicados de Radio Vera, emisora del Instituto Laboral, como nos recordaba con frecuencia. La radio era la alegría de la casa, por no decir de toda la vecindad. Por eso la ponía a todo volumen y con las puertas abiertas de par en par. El espacio de discos dedicados era el programa estrella, y hasta dudo si no era el único programa de la emisora. Pero no era solamente mi hermana quien lo oía; con la excusa de barrer la puerta, las vecinas también se sumaban al acontecimiento. Recuerdo cómo Isabelica la Sorda, su hermana Isabel, la tía Águeda, la tía Josefa y hasta Isabelana, siempre hacían coincidir el comienzo del barrido de la calle con el inicio del espacio radiofónico, y cómo hacían coincidir el final del barrido con el del programa. Para ellas, personas de avanzada edad, escuchar la radio era poco menos que un pecado, y más estando, como estaban, de luto, pues el luto entonces era de por vida.

Cuando unos años después abandoné la escuela de don José para ir a estudiar a Vera en El Correico, había dos encargos que siempre hacía con agrado: uno, cuando Cristóbal Gómez me encargaba el ABC, pues me daba la oportunidad de leerlo antes de entregárselo; y otro, cuando me entregaban un sobre de encargo de un disco dedicado para la emisora. El sobrecito –azul, de tamaño algo superior al de una tarjeta de visita- contenía dentro una peseta de papel y una hoja de libreta con el interminable repertorio de personas a las que se dedicaba el disco.

La primera confusión que tenía era provocada por la escasa presencia de emisoras. El dial estaba lleno de nombres, pero la realidad era que un paseo por el mismo era una auténtica sinfonía de ruidos. Nada se oía en condiciones, ni siquiera la gubernamental Radio Nacional. Sólo había dos excepciones: Radio Vera, que entraba como un cañón, y -¡he aquí mi sorpresa!- Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra. No llegaba a entender cómo el capricho de las ondas hertzianas no permitía oír Radio Almería y, en cambio, se podía oír a la perfección una emisora tan lejana como Radio Andorra. Quiero ser sincero: Ni lo entendía antes ni lo entiendo ahora (¿Cómo demonios llegaban aquellas ondas a Los Gallardos desde tan lejos?).

La segunda experiencia de confusión se remonta también a los mismos años, hacia 1.960. Mi mente de niño se vio aturdida cierto día cuando, durmiendo con mi hermano Marcelino, se puso a oír la radio que tenía en la mesita de noche. Al ponerla, se giró hacia mí y me advirtió muy seriamente: No digas a nadie que oigo la radio por la noche, ¿entendido? El secreto se lo he guardado hasta hoy. Pasaron varios años hasta que pude comprender por qué lo que mi hermana podía hacer de manifiesta forma él tenía que hacerlo a escondidas. Oía La Pirenaica. Y me enteré qué era aquello de La Pirenaica. Hasta me contaron un secreto: Fernando Carrión, el marido de Isabelana, también la oía.

Son recuerdos que se agolpan en mi mente gallardera gracias al nuevo trabajo de Antonio Torres (Soñar la radio, Centro Andaluz del Libro, 2.004), desarrollo de la tesis doctoral La radio como medio de comunicación en Almería. Origen y evolución, que ha superado con sobresaliente cum laude. Los gallarderos nunca podremos agradecer a Antonio las atenciones que tiene con su pueblo. Cada artículo, cada libro suyo, cada crónica periodística, tiene el look del tinte gallardero. Siempre cito a mi pueblo –dice en este nuevo libro-. Hay quien me lo reprocha –continúa- para asegurar a continuación que la vida en el pueblo es más bruta y tormentosa que cualquier pesadilla urbana. Me quedo con la humildad de muchos de sus ciudadanos para cargar pilas.

Antonio Torres domina el medio, y también los entresijos que le rodean. Parte con una ventaja inicial: su pasión por la radio. Se adentra en su mundo deteniéndose de forma especial en los testimonios humanos. El libro está dotado de una intensidad arrebatadora: cada párrafo justificaría por sí solo un capítulo. No es arriesgado presumir que con él está sentando las bases de la futura Historia de la radio en Almería, que necesitará obligatoriamente de varios tomos. De éste no puede decirse que su lectura ha sido posible gracias a una noche de insomnio. Quien así se manifieste es que no lo ha leído. Se amontonan los datos, los hechos, las grandes y pequeñas historias, los testimonios, las vivencias, todos ellos contados con el calor –y hasta con la anarquía, permítame el autor que lo diga- con el que Antonio Torres dota a sus criaturas, lo cual obliga al lector a establecer prolongadas pausas de recapitulación.


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