Juan Ángel Ruiz Crespo

Las corridas de toros son una de las tradiciones españolas más conocidas en todo el mundo, aunque al mismo tiempo una de las más polémicas. España cuenta con un gran número de aficionados, que consideran las corridas un bello espectáculo, un arte y una manifestación de la cultura ancestral que ha sobrevivido hasta nuestros días.

Con motivo de las fiestas patronales de Los Gallardos se ha celebrado corrida de toros por cuarto año consecutivo. Las corridas celebradas últimamente han contado con una gran colaboración económica por parte del Ayuntamiento. Como es lógico, nunca llueve a gusto de todos, y un antitaurino se reivindicó en esta revista expresando que el dinero aportado por el Ayuntamiento para la celebración era de los impuestos pagados por todos los contribuyentes, una gran mayoría de los cuales no aprobaba este festejo.

Me gustaría decirle que para afirmar algo primero hay que informarse y preguntar cómo estaba la plaza el día de la corrida. Así se habría dado cuenta de que los antitaurinos en Los Gallardos son una minoría, pues que pidió apoyo a los lectores de “La Cimbra” para poner fin a las corridas en el pueblo y no ha sido apoyado mayoritariamente, ya que la corrida de toros se ha vuelto a celebrar este año.

Quiero puntualizar que los espectadores de la fiesta nacional no somos “verdaderos sádicos”, como dice, ya que siendo conscientes del horroroso sufrimiento y la vejación a la que es sometido el toro en la injusta lucha, el animal lucha y muere luchando. Acaba también en la vitrina de alguna carnicería especializada, que está bien cotizada su carne. Esto, tras haber vivido aproximadamente unos cinco años pastando libremente por la finca, al sol y correteando, así como disfrutando de su condición de semental. Y yo, poniéndome en la piel del toro, prefiero eso a la suerte de sus semejantes sin raza, que viven encerrados dos o tres años en su habitáculo de la granja, comiendo pienso con vaya usted a saber qué harinas inyectadas de sustancias para su más rápido engorde y viniendo a morir electrocutados en enormes bañeras.

Si no fuese por los “sádicos”, como nos llaman los antitaurinos, el toro bravo se hubiera extinguido hace ya unos cuantos cientos de años. En cambio, gracias a la práctica del arte de torear, los ganaderos taurinos crían y miman el toro bravo como mejor se puede para que la fiesta nacional siga triunfando como hasta ahora.

Me gustaría decirle al antitaurino gallardero que nuestro pueblo no se identifica ni se da a conocer con la corrida celebrada en las fiestas patronales, ya que es una corrida mediocre sin figuras del toreo nacional.

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