Angeles Domínguez y Salvador Segura

-¡Qué sentimiento y qué pena!-
así decía un abuelo.
-¡Tener que dejar mi casa,
tener que dejar mi pueblo!

A mis hijos los estorbo
porque ya soy un abuelo,
dicen que no pueden tenerme
y me van a mandar lejos.

Dicen que a una residencia
donde hay muchos abuelos,
y yo me pregunto; ¿Señor,
en qué he fallado con ellos?

Mi esposa, que era una santa,
ella se fue para el cielo,
trabajamos incansables
para poder mantenerlos.

Eran trabajos muy duros,
pero teníamos que hacerlos,
yo tenía que arrancar cepas
con una hazaón de peso.

Tenía que arar con dos burros,
segar, trillar, limpiar y todo eso,
y con muy poca comida…
¡ y me sentía contento!

Mi esposa hacía lo mismo,
tenía que luchar por ellos
y se iba a lavar al río
con el frío y con el viento.

Y me ayudaba en la era
y también sembraba el huerto,
y éramos muy felices
porque lo hacíamos para ellos.

Nuestros hijos, a Dios Gracias,
no han tenido que pasar por esto, los tiempos fueron cambiando y yo me alegro por ellos.
  Por eso yo me pregunto,
me pregunto y no lo entiendo,
¿ por qué no quieren tenerme,
por qué me apartan de ellos?

Ellos son mi vida entera,
mis hijos y también mis nietos,
¿ y qué haré en la residencia
cuando no los tenga a ellos?

Ya no veré a mis amigos
ni a la gente de mi pueblo
¡ qué tristeza más profunda
la que yo siento por dentro!

Dicen que estaré mejor,
¡ cómo pueden decir eso
si para mí lo mejor
es poder estar con ellos!

Han sido muchas mis súplicas
para que no me lleven lejos
y les di todo lo que tenía
porque confiaba en ellos.

Yo no me esperaba este pago,
creo que no lo merezco,
¡ es una pena muy grande
tener que llegar a viejo!

Ellos a mí no me quieren
pero yo los quiero a ellos,
y que los perdone Dios
por no querer a este abuelo.

¡ Qué pena más profunda
la que yo siento por dentro,
tener que dejar mi casa,
tener que dejar mi pueblo!

 

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