Miguel Sánchez Bujaldón
Los niños gallarderos nos
hemos tirado tardes enteras jugando a las chapas. Era una de las diversiones
que más baratas solía costar. Creo que no hace falta recordar
que las chapas no son otra cosa que los tapones de las botellas de cristal
fabricados en metal inoxidable que se abrazan de forma hermética
a la boca de la botella sin dejar escapar una gota del contenido. Las
chapas actuales son exactamente idénticas a las de nuestra infancia,
sin que su diseño y efectividad hayan sido superadas con el paso
de los años. Sí se ha perfeccionado su apertura, pues en
algunos casos podemos ver ahora cómo se sacan las chapas sin abridor
alguno, con una simple media rosca. Este nuevo sistema tiene la ventaja
de que la chapa sale intacta, mientras que con el abrebotellas siempre
queda el doblez de la parte central.
Hay tres modalidades de juego con chapas:
Una, es hacer una raya con tiza en una baldosa y, desde una distancia
determinada, tratar de dejar la chapa lo mas cerca posible de la raya.
Otra modalidad es hacer un circuito y organizar carreras simulando
a motos, coches o ciclistas.
Y la más habitual y que más aficionados tiene, es la de
dibujar un campo de fútbol con una tiza y jugar un partidillo.
Las chapas también las utilizaban algunos adultos para otros usos.
Habrá paisanos que recuerden las magníficas cortinas que
colgaban de las puertas, realizadas con una buena cantidad de chapas fijadas
a cordones de pita.
Bueno, como decía, las simples chapas eran instrumento de juego para los
niños gallarderos, e incluso en la actualidad ha perdurado y me consta
que no se ha perdido la afición, gracias también a estrategias
de marketing que han hecho que algunas marcas comerciales adornen las chapas,
tanto en el exterior como en su interior, con fotos de deportistas, precisamente
por ser conocedores de las aficiones de los niños por los citados juegos
de chapas. Incluso llegaron a venderse juguetes en plástico basados en
las mismas.
En los años de mi infancia gallardera, la adquisición de las chapas
era sencilla. Solíamos ir al terrero y rebuscar de entre toda la basuras
la que procedía de los bares. Los más pequeños probablemente
no sabrán que antes de que se recogiera la basura en un camión,
el vertedero estaba situado en la bajada a la rambla que hay en la calle Mayor,
detrás de la casa de Miguel Canovas. Ese vertedero, hasta que el Ayuntamiento
lo clausuró, era motivo de visitas continuadas de los niños en
busca de materias primas para realizar juguetes. Paradójicamente, ahora
se ha puesto de moda precisamente la realización de juguetes y otros objetos
con material reciclado.
Otra forma, más rápida pero menos efectiva, y más limpia
entre comillas, de hacernos de chapas era buscar directamente en la basura del
bar de turno. Se corría el riesgo de no completar la “plantilla
necesaria” para formar un equipo, sobre todo si se quería ser muy
exclusivo con la marca o los colores de la chapa. Las de cerveza eran fáciles
de conseguir: “Azor”, “Damm”, “Moritz”, “Cruzcampo”.
Las de refrescos, como “Tana”, “Pepsicola”, “Mirinda” o “Nik”,
también. Las más difíciles de conseguir, y por ello más
demandadas, eran las de poco consumo. Me refiero a las chapas de zumos como “Ready” y
de batidos lácteos como “Choleck” y “Cacaolat”.
Los refrescos “Tana” eran tan populares en Los Gallardos que aún
hoy día se puede oir en el pueblo la expresión “Está más
perdido que la Tana”, referida a alguien que se ha venido abajo en algún
sentido. Y es que la fábrica de los refrescos “Tana” dio en
quiebra, dejándonos a los chiquillos sin un refresco que echarnos a la
boca hasta que vinieron las multinacionales.
En los domingos o en las fiestas de Julio no era raro ver a los niños
observando las mesas de los bares, esperando que el camarero de turno tirara
la chapa, objeto de deseo. En las ocasiones que uno mismo era el consumidor procuraba
indicarle que la abriera con cuidado para no doblarla y, por tanto, haciéndola
inservible para el juego.
Volviendo a los tipos de juego, cada uno tenía unas reglas establecidas.
Por ejemplo, en las carreras por circuito, si te salías de sus límites
tenías que comenzar de nuevo en la salida y si chocabas con la chapa de
un contrario, sacándolo del circuito, este tenía derecho a tirar
dos o tres veces consecutivas de penalización.
A mí particularmente lo que más me gustaba era el fútbol.
El sitio ideal de jugarlo eran las antiguas mesas de la plaza de abastos, por
las tardes. Simulaban un estadio de fútbol y las chapas resbalaban de
maravilla. Con Alonso Guerrero llegué a jugar partidos de auténtica
rivalidad. Como balón, se utiliza un botón y prácticamente
las reglas suelen ajustarse a las del fútbol.
Hay dos técnicas para desplazar las chapas en cualquiera de los juegos:
una fácil, que es golpear la chapa con la uña del dedo índice
o corazón, y otra más difícil, a la hora de controlar la
intensidad de empuje y por tanto el desplazamiento de la chapa, que es haciéndolo
con otra entre los dedos, presionando hasta que la chapa del suelo inicia su
recorrido. Requiere por tanto de mayor habilidad y la probabilidad de error es
mucho mayor.
Bueno, si algún joven lector se anima a echar un partidillo, que no dude
en avisarme, y si la cintura me lo permite, prometo emociones fuertes.